jueves, 12 de agosto de 2010

Iris

Un mongomeri color crudo ondeó al viento. La noche se había instalado en la ciudad y ese personaje vigilaba el paisaje con ávidos ojos. Sus largos y delgados dedos se habían vuelto helados al igual que la punta de su nariz. Unos pasos mudos caminaron hacia él, un brazo le rodeó el vientre delgado y al apoyar la cabeza en su espalda, sintió las lágrimas calientes traspasarle a la piel... La tradicional ciudad de Londres no brillaba como cada noche, las luces parecían poco brillantes, el ruido no se oía a unos metros más abajo... Él también estaba triste...


- ¿A qué viniste?- preguntó con voz dura.
La persona que lo abrazaba levantó la cabeza y le miró la nuca.
- ¿No querías que...?
- ¡¿Acaso no entiendes las cosas cuando te las dicen?! ¡No quiero que estés aquí!- su voz tronó en el piso 160 del Big Ben, incluso parecía que el cielo ayudaba a crear semejante eco.
Retrocedió unos pasos, desligándose totalmente de él.
Él muchacho pálido de vista peculiar, volvió su cabeza. La persona era una chica, casi adolescente, de cabello castaño, de cuerpo muy fino. Llevaba un vestido celeste, zapatitos de muñeca, negros, y un chaquetón blanco... Al igual que el de la persona donde había llorado...
- Tienes mucha razón... No sé para que vine...- aún lagrimeando, hizo ademán de abandonar el lugar.
Pero la mano de él le tomó con fuerza el antebrazo.
- ¡Suéltame! ¡Me dañas!- volvía a llorar con más fuerzas.
Al muchacho alto se le achicaba el corazón en el pecho y algo se le atoraba en la garganta. Había tenido esos sentimientos anteriormente hacia ella, pero ahora se odiaba por gritarle a esa niña... que lo amaba sin condiciones... La sujeto por los brazos, la miró... y la besó.
Al principio parecía un beso violento, casi a la fuerza, pero mientras pasaban los segundos, los minutos, la los músculos de la niña se destensaron, los de él también. Se castaña se le aferró al cuello y el la sujetó por la cintura.
-Per... perdóname- susurró la jovencita, apoyando los labios en su mejilla.
Él no contesto inmediatamente. La aferró contra su pecho duro y firme.
- Perdóname a mí, Vasti... Esto no tenía que pasar...
La misión del coreano ya no importaba, el frío que se colaba por los cabellos de Vasti hasta su cuello no se percibían. Lo único que querían era ser alumbrados por la luz plateada de la Luna... y sentir que las tronadoras y grandes campanadas del reloj que estaba bajo ellos, los acompañara toda la noche...

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