
- Buenas Noches- se despidió el chico, levantándose de la mesa y dejando a sus padres, tíos y hermanos conversando.
Su pecho estaba mucho más calmado, desahogado desde que habían llegado a las cumbres rurales de su país natal que por eso días cumplía "200 años" de libertad. Salir de la monotonía del Gran Santiago y respirar aire limpio era algo que él necesitaba... todos necesitaban.
Abrió la puerta de entrada y cerró tras de sí. Una luna pequeña brillaba en el cielo y bañaba puramente las laderas, la tierra y las montañas que se veían a lo lejos. Hacía algo de frío, pero no entró al hogar de la casa.
Se sentó en la verja de madera al lado del caballo de su tío. Sonrió chuecamente y empezó a acariciarle la crin del lomo. La mente le viajaba a varias partes esa noche... bailes, ensayos, estudios, giras... romances... No quería pensar en lo último, almenos, por un buen tiempo... Quería estar tranquilo, desamarrado y soltero.
*Varios Kilómetros de Ahí*
En una habitación de aspecto cálido, femenino y desordenado, una chica bastante alta, de cabello oscuro y aspecto dulce, escribía frente a la pantalla de un computador. Leía, escribía, arreglaba palabras e imaginaba cosas utópicas a cincuenta pensamientos por minuto. También estaba feliz. No sólo por su festejada patria, sino que también por el largo fin de semana que es Estado dió a las personas para celebrar. Escribía para cumplir un gran sueño... El más grande de su vida.
Imaginado donde estaría dentro de poco tiempo, si Dios quería, sonreía y seguía soñando... Se sentía feliz de estar soltera. No tenía que rendirle cuentas a nadie, estaba tranquila y disponía de un buen tiempo para ella y sus cosas.
Tómo un chaleco delgado de la silla y se lo puso. El tiempo estaba algo frío esa noche...
Kevin miraba la Luna en el cielo. Aunque le costara admitirlo, se preguntaba si llegaría alguna vez a su vida, una chica tan linda como el satélite nocturno. Que lo quisiera de verdad, que lo apoyara, que no dudara en el amor que le entregara, linda, angelical, soñada, con defectos como cualquiera y que pudiera curar verdaderamente el corazón que le latía entre las carnes del cuerpo.
Almendra miraba por la ventana. Su corazón hacía mucho que no se enamoraba, que no encontraba su otra mitad. A su cabeza de humanista llegaban las incógnitas típicas de una joven. Si llegaría en alguna ocasión un muchacho bueno, original, que la quisiera, que fuera su príncipe, su amigo, su protector. Que la arrullara en las noches, que viviera junto a ella. Que fuera su Ángel de la Guarda...
Dios, en cambio, ideaba TODO para que las vidas de esos jóvenes se entralazaran y se hallaran, exactamente, 3o días después...
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