
Desperté en una penumbra total. Tenía la respiración agitada. Una presión en el pecho hacía que un nudo se me formara en la garganta; mis antebrazos están helados... debía llorar, pero no podía ni quería.
Hundí mi frente en mis rodillas acuclilladas, cubiertas por una sábana clara. Intentaba en vano calmar un agitada respiración al tiempo que presionaba mis extremidades superiores para hacerlas entrar en calor.
Un crujido hizo que levantara mi cabeza, a la vez que mis pupilas se empequeñecían al ver un leve rayo de luz. Parpadeé...
Entraste con tus túnicas luminosas... aunque al principio no sabía quién eras. Te acercaste a mi lecho, tomando asiento. Te miré a través de la distorsionada visión que tenía a causa de las lágrimas... Me miraste con tus ojos cargados de amor, ternura, paz... y misericordia.
Y pude llorar. Sin control, a destiempo... sin calma. Me entregaste tu pecho firme para descargarme a mi gana.
Tus manos y brazos rodearon mi espalda desnuda... y susurraste:
- Todos poseen el derecho a equivocarse... Eres mi hijo y te amo sin importar cuanto hayas errado en tu vida.
Mi dolor se fue apaciguando. Recuerdo aún cuando me estiraste entre las sábanas, mientras tarareabas con tu voz la canción más bella del mundo...
Nuevamente desperté... pero sin angustia. Miré por la ventana. Un Sol dorado aparecía entre los relieves de la montaña...
*Nunca es tarde para comenzar de nuevo*
Gracias por todo, P. M
Se le quiere mucho!
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