domingo, 6 de noviembre de 2011

Un día inolvidable


Te ves tan bien; a decir verdad, todos se ven bien, incluso yo y eso, es prácticamente un milagro. Todo luce limpio, inmaculado. Cada rincón de ese lugar de fe y antaño está adornado con lindos adornos florales blancos. Sobre el suelo yacen pétalos de rosas. Observo sobre mi hombro y puedo a ver a nuestros padres llorando con pañuelos en sus manos. -Tranquilos- les digo, mudamente.
Vuelvo a posar mi mirada en ti. En tu cabello oscuro, en tu blanca piel, en tu carismática sonrisa, en tu corbata plateada, en tus ojos marrones... esos ojos de los cuales me enamoré apenas supe más de tí, apenas me dí cuenta que la amistad junto a tí podía volverse un sentimiento aún más fuerte.
Un anciano de cara afable y túnica blanca pregunta algo sosteniendo una Biblia tan grande que parece que en cualquier momento se caerá de sus arrugabas manos y le respondes:
- Sí, acepto.
Y mi corazón se detiene unos instantes.
Vuelve a preguntar lo mismo, pero esta vez dirigido hacia una mujer y un -Sí, acepto- se escapa de mi boca.
Tu mano se escabulle por entre mis cabellos ondeados y mi velo blanco, te acercas tanto que puedo hasta contar tus pestañas.
-¿Para siempre?- ahora soy yo la que pregunta en voz baja.
- Para la eternidad...
Yo sólo puedo recordar tres cosas: los invitados aplaudiendo, el sacerdote dar su bendición y ver como nos volvemos marido y mujer frente a Dios firmando todo con un beso.


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