El día estaba muy
frío y con neblina espesa. Como casi todos los días, la joven
estudiante de medicina se quedó hasta más tarde en la Universidad
sacando impresiones y pidiendo libros en la biblioteca para leer el
fin de semana.
Una vez lista con
los textos de asepsia y cardiología en su bolso y un alto de
fotocopias bajo el brazo, se acomodó su cuello de lana y salió del
edificio educacional.
El mar se movía al
compás del gélido viento que soplaba en el puerto.
<> pensó. Pasaría
por el negocio cerca de su pensión a comprar un pequeño tarro y
algunos paquetes de galletas para acompañar su estudio.
Comenzó a bajar los
grandes escalones de cemento. Alzo la vista sin querer para observar
a quien subía, descubriendo un par de azulinos ojos que la miraban.
Su temperatura
corporal bajó por dos segundos y volvió a la normalidad; se bloqueó
por unos instantes, hasta casi detenerse en medio de la escalera. La
conocía, conocía esa mirada, ese cabello castaño, esa piel rosada
de las mejillas…
- Disculpa…- le preguntó el dueño de los ojos claros.
- Sí… dime?
- Está el profesor Ávila en el Auditorio?
- Sí. Pero es mejor que te apures porque ya se estaba yendo- dijo aquello sin
pensar. Seguía
absolutamente perdida en ese rostro que ella conocía tan bien, a
pesar de sólo verlo de casualidad en alguna ocasión de su vida.
- Gracias.- y parecía que el mundo le jugaba una mala pasada cuando lo vio alejarse escaleras arriba. Era estúpido sentirse así; ni siquiera le había hablado esa vez, sólo le había mirado de casualidad un par de veces y luego él se había perdido entre la masa de gente.
- Oye, disculpa- y una sonrisa enorme se formó en su cara, para luego volverse y atender al muchacho con una expresión seria.- ¿Esto es tuyo?- en su mano alzaba una fotocopia de las aurículas y ventrículos.
- Oh, sí… debe haberse caído…
- Aquí está…- no se percató cuando él ya estaba a centímetros de su cuerpo, acomodando las hojas bajo su brazo.- Listo.
- Muchas gracias- susurró, intentando en vano que sus mejillas se enrojecieran, pero al menos él no alcanzó a ver eso.
Giró sobre sí
misma, esbozando nuevamente una sonrisa, mientras bajaba hasta la
portería para salir de los jardines de la universidad, sin
percatarse que el muchacho de ojos azules le seguía con la mirada
desde el descanso de la escalera, susurrando:
Al
fin te encontré.

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