Ese era un hermoso
amanecer. No era la primera vez que veía uno, pero si el primer y
único que vivía en el mar. La playa lucía totalmente abandonada
sólo habitada por ella y las rocas; su vestido de tela claro ondeaba
con el viento salado del mar. Algo de color rojo llamó su atención
la distancia. Caminó por la arena húmeda, dejando sus huellas…
hallando un ramo de rosas rojas entre las
piedras. Eran 19. Su corazón y su estómago se “juntaron” en
medio de su cuerpo, mientras la vista se le nublaba por las lágrimas;
pero se mantuvo firme sin derramar ni una sola.
Tomó el ramo,
cuidando de no estropear ni una sola flor. Levantó la mirada y vio
a lo lejos a un muchachito de mejillas redondas, camisa escocesa,
gorra y pantalones anchos caminar hacia ella, mientras observaba el
océano. El joven liberaba una agradable luz blanca de todo su
cuerpo. Ella sonrió y caminó para ir a su encuentro.
Sus miradas se
encontraron, se sonrieron.
-Feliz cumpleaños.-
le dijo ella, extendiéndole las rosas.
Él las recibió con
cuidado en sus brazos, sin rozarle el
cuerpo. Las miró y aspiró su perfume.
-Te pasaste.- le
respondió con una sonrisa en la cara. Se llevó una mano a la
cabeza, se sacó la gorra y la encasquetó en la cabeza de ella.
El Sol comenzó a aparecer
en el horizonte, lanzando uno de sus rayos por el agua hasta iluminar
los pies del muchacho.
Volvieron a mirarse,
volvieron a sonreírse y se despidieron con una seña de manos,
mientras el muchacho caminaba por ese rayo de luz encima del agua.
Ella lo observo
hasta que se convirtió en un suave velo blanco que ascendió al
cielo junto al Sol. Miró el lugar donde el jovencito había estado
de pie, pero sus huellas ya habían desaparecido. Respiró una
bocanada de aire, mezclado con el aroma de él; dio media vuelta y
regresó por sus pasos, afirmándose la gorra sobre el cabello.

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