jueves, 6 de junio de 2013

Tarantallegra Concert.

Cuando la suave melodía de aquella canción irrumpió en el inestable silencio del estadio, las luces violetas se prendieron entre el público, sumándosele los gritos de los asistentes. Un muchacho de cabello teñido rubio, traje blanco largo, uñas negras y sonrisa angelical apareció en el escenario entonando la canción.
Yo no tenía lightstick, ni gritos en la garganta… sólo tenía un montón de esquemas de madurez que se fueron trizando a medida que él cantaba. Mi corazón parecía a punto de salirse de mi pecho, como deseoso de bailar al ritmo de la delicada música.
Miles de recuerdos comenzaron a pasar frente a mis ojos sin quitar la vista del espectáculo.
Y comencé a llorar. No por pena, ni nostalgia ni nada amargo. Sino por entendimiento.
Sentía que él estaba mi lado, cantándome al oído tal y como lo hacía cada noche, que podía, antes de irme a dormir. Tal y como se hace con los niños pequeños.
Mi atención sólo se concentró en él y la canción, sin interesarme que las lágrimas se estaban escapando de mis ojos y que cuando le viera detrás del escenario me miraría preocupado de porqué tenía los ojos tan hinchados.
La canción se fue pausando para llegar al final. Aquel joven muchacho de rostro tierno bajó el micrófono de sus labios, fijando su mirada en un punto específico: en mí. Nos separaba un mar de gente, metros y metros de distancia y la oscuridad del colosal estadio, pero podía sentir que me estaba mirando a mí… porque yo también lo estaba haciendo.
Y entendí que estuviera en el lugar que estuviera, cumpliera la edad que cumpliera, madurara tanto como para caerme de una rama, siempre seguiría siendo para él y los demás… una pequeña princesa.



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