Te ví, hundido en sus labios. Crujió mi corazón.
Me quedé allí. Muda, perdida, devastada.
¡Qué suerte la mía! no había pasado un sólo segundo en que descubría que te amaba y
ya me había roto el corazón.
La culpa fué mía,
por dejarte entrar hasta el fondo de mi alma.

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