Mientras sudaba y gemía de dolor, sentí que salía de mi
misma. De pronto el cuarto de la clínica desapareció de mi vista y frente a mi
se extendía un camino de estrellas y planetas iguales a los que describía el
profesor Maza en sus conferencia de astronomía; un agradable aroma a lilas y
lavanda llegó a mis pulmones mientras una suave voz que decía “mamá, mamá” me
llamaba.
Corrí por ese camino de luceros y explosiones de brillo deslizándome por vueltas y quebradas celestiales hasta que una pequeña caja musical detuvo mis pasos a final del camino. El “mamá, mamá” provenía del interior como un melifluo.
Atada a mi cuello de un hilo de oro había una llave que me permitiría abrir la caja; con calma pero con ansias la abrí, encontrando en el interior lo que yo esperaba tener por casi nueve meses desesperadamente.
Mirándome con sus ojos azules como el cielo de verano y envuelta en una seda de flores (seguramente mi abuelo, desde algún rincón del cielo, se había deshecho de su corbata favorita para envolver a su bisnieta) mi Anastasia Leonor me miraba con sorpresa y sonreía como si pensara “¡por fin llegó!”
Su olor era único, diferente de todos los perfumes que yo había sentido en mi vida y de los que existirían en décadas más. La sostuve entre mis brazos y pude verme reflejada en ella: los sueños, las ansias, las alegrías, los esfuerzos, las historias y los otoños estaban contenidos tanto en ella como en mi.
- Hola, amor mío. Que placer el conocerte.
Ella rió de forma deliciosa mientras sus ojitos se cerraban y caía en mi regazo agotada y cansada de llamarme.
La abracé con seguridad y delicadeza y regresé por el camino de estrellas que, ahora Dios, habia llenado de nubes frescas para que pudiéramos andar las dos.
Al final del camino, un bote con una cuna hecha de madreselva nos esperaba. Con recelo por apartarla de mí, coloqué a mi hija en la cuna mientras una cobija de menta nacía sobre ella. Yo empujé el bote por encima del agua y volví a la cama de la clínica, donde el doctor me decía “Aquí está tu Anastasia, querida”
Corrí por ese camino de luceros y explosiones de brillo deslizándome por vueltas y quebradas celestiales hasta que una pequeña caja musical detuvo mis pasos a final del camino. El “mamá, mamá” provenía del interior como un melifluo.
Atada a mi cuello de un hilo de oro había una llave que me permitiría abrir la caja; con calma pero con ansias la abrí, encontrando en el interior lo que yo esperaba tener por casi nueve meses desesperadamente.
Mirándome con sus ojos azules como el cielo de verano y envuelta en una seda de flores (seguramente mi abuelo, desde algún rincón del cielo, se había deshecho de su corbata favorita para envolver a su bisnieta) mi Anastasia Leonor me miraba con sorpresa y sonreía como si pensara “¡por fin llegó!”
Su olor era único, diferente de todos los perfumes que yo había sentido en mi vida y de los que existirían en décadas más. La sostuve entre mis brazos y pude verme reflejada en ella: los sueños, las ansias, las alegrías, los esfuerzos, las historias y los otoños estaban contenidos tanto en ella como en mi.
- Hola, amor mío. Que placer el conocerte.
Ella rió de forma deliciosa mientras sus ojitos se cerraban y caía en mi regazo agotada y cansada de llamarme.
La abracé con seguridad y delicadeza y regresé por el camino de estrellas que, ahora Dios, habia llenado de nubes frescas para que pudiéramos andar las dos.
Al final del camino, un bote con una cuna hecha de madreselva nos esperaba. Con recelo por apartarla de mí, coloqué a mi hija en la cuna mientras una cobija de menta nacía sobre ella. Yo empujé el bote por encima del agua y volví a la cama de la clínica, donde el doctor me decía “Aquí está tu Anastasia, querida”

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