
El doctor me hizo pasar a una sala pequeña, contigua a la de donde estaba él. En ella habían dos personas más donando sangre... seguramente medio litro cada una, la repondrían en un mes... ¿pero yo que tenía que donar 3?¿Cuándo la repondría? La persona que más quería estaba postrado en una camilla con oxigenación artificial. Pálido, marmóreo, casi traslúcido e inconsciente.
Cuando había cruzado el pasillo, vi la angustia y lágrimas por el rostro de su madre y el miedo de su padre, sentado en un sofá en posición de oración.
- Querida... quedarás muy débil por bastantes meses. incluso olvidarás cosas- me advirtió mi doctor.
- No me interesa. yo puedo reponerla gracias al tiempo. Pero él en su estado...- articulé, mientras a mi mente venía el triste cuadro de mi ángel.
- Esta bien- dijo sin ganas.
Me desabroche los botones de la manga izquierda, el limpió con un algodón con alcohol el pliegue de mi codo e inyectó la aguja. Fue un piquete suave y doloroso. La mangerilla se tiño de color chocolate.
Sentí como la sangre abandonaba mi cuerpo. Percibí como mis mejillas, a las que odiaba tanto por que estuvieran siempre color frutilla, ahora pasaban de mate a crudo. Mis manos bronceadas, bajaban el tono hasta ver mis células. Mis extremidades se enfriaban, se helaban, se congelaban y sólo llevaban una bolsita llena de tres que faltaban.
Por el cristal logré ver a mi joven con un rostro que jamás creí verlo: rosado y acalorado, mientras curvaba mis labios en una sonrisa... Ya se llenaba la segunda bolsa.
Los párpados ya no podían mantenerse en alto, pero no me importaba. Incluso parecía que las pupilas me jugaban una mala pasada... no podía verlo en la camilla.
- Pequeña...
- Continúe, doctor... ya falta poco...
Pero no había sido el doctor quien había hablado.
Sentí un par de brazos, tomarme por el vientre y una cabeza apoyarse en mi hombro.
Con lo poco y nada que me quedaba de fuerzas, levanté mi mano hasta esa cabeza y acaricié el cabello. Era liso, fino y similar a la seda... Oscuro.
Él estaba ahí, con su pijama delgado y con aroma a hospital. Me sostenía por la cintura. Me miró con sus ojos seguros, oscuros y débilmente autoritarios. Y me enseño su perfecta sonrisa. ¿Cómo lo hacía para mostrar todas sus perlas?
No me importaba estar ahí, en mi casa, en el Cielo o el Infierno, lo que me importaba es que él cada día estaría ahí conmigo...
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