
El frío se coló por la hendidura de la puerta... Llegó la madrugada... Viajé por esos bosque húmedos y helados, pero que de alguna manera me excitaban grandemente. La tela que me vestía, blanca y fina, me hacían ver como una diosa griega... El rocío del pasto me lavaba los pies descalzos. El Tibet no podía ser más perfecto, más completo y más querido por mí...
Me acerque al precipicio. Pero había alguien más que había llegado antes. Era muy delgado, el cabello de un color castaño claro, pero no llegaba a rubio, su cuello era largo, delgado y estilizado. Vestía de negro... lucía muy misterioso... Aunque yo ya lo conocía...
- Llegaste... - dijo en su voz sumisa.
- Siempre llego... ¿Irás?- pregunté acercándome a él, sin tocarlo, por temor a su molestia.
No contestó, parecía perdido en el hermoso paisaje del precipicio... No era un vacío, era una mar de nubes, neblina, montañas, cerros... y un sol blanco... cargado de esperanza y pureza...
- Entonces... - dije queriendo saber la respuesta...
Resopló, cerrando sus despistados ojos color miel seca...
- Sube y llama...
Me ayudó, aunque no la necesitaba, a subir al nudoso árbol que extendía sus ramas hasta ese mar de de nubes...
Di el canto de la reunión... Vi a todos aquellos que buscaban un complemento en sus vidas abandonar su quehacer, problemas, disputas, dolores, penas... y correr a la reunión para vivir esta esperanza...
Baje del árbol de un salto, como una gacela...
- Entonces... ¿Vendrás'- pregunté... casi obligándolo...
Volvió a resoplar...
- Esta bien... por la esperanza, la entrega... y el amor... lo haré...
Los pasos se hacían más cercanos...
Él como un murciélago y yo como una mariposa... Volamos al claro del bosque... Donde una señal de esperanza se hacía cada vez más grande... y donde... cada vez que lo necesitáramos...
Nos Reuniríamos Cerca...
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