viernes, 17 de agosto de 2012

No te olvidaré


El Sol iluminó, como cada tarde, aquel cuarto amarillo. En una de sus paredes se veía claramente la fotografía de un muchacho de mejillas redondas e infladas, perfectas para apretar, ojos oscuros al igual que su cabello y una tranquila sonrisa se dibujaba en sus labios.
En la cama de la habitación una muchacha de cabello ondulado y negro observaba la foto con nostalgia. No. No quería creerlo o más bien, lo creía pero le costaba mucho asumir que era verdad. Él no podía haberse ido de este mundo, de la tierra. Ella aún creía que lo vería con sus audífonos blancos y su mochila al hombro caminando por el centro o que se lo encontraría en su escuela jugando rugby con sus compañeros o que lo saludaría y él le respondería con un abrazo apretado y su típico y honesto “estoy bien”. Las lágrimas calentaban sus ojos pero aún no conseguían desbordarse de ellos. Quizás el dolor no era tanto o talvez quería cumplir la promesa de la canción de Tercer Cielo, aquella parte donde dice “Ya no llores por mí. Es tan bello aquí”, pero no pasaron muchos segundos para que rompiera a llorar en silencio para que nadie en la casa la descubriera. Porque pasaría mucho, muchísimo tiempo para que todos los que habían conocido al muchachito de la fotografía asumieran totalmente que él ya no estaba en este mundo, que él ya no estaba sufriendo los dolores que le causaba la leucemia, que ya no estaba pidiendo diazepam para dormir ni morfina para apagar su martirio. Porque aunque todos supieran que él estaba en un lugar bueno, hermoso, tranquilo y bello y que no estaba sufriendo, la tristeza que empañaba la vida de los que lo habían conocido no se iría pronto.
La muchacha se puso de pie, se acercó a la foto, la acarició con la yema de sus dedos y agradeció una vez más a Dios por darle la oportunidad de despedirse de él, de oír su voz y conversar con él aquel Lunes 9 de Junio del 2012, mientras él estaba postrado en la camilla de Medicina Varones y ella hincada a su lado acariciando su frente; porque ese era uno de los recuerdos que, seguramente, difícilmente se irían de su memoria y si ahora ella estudiaba una carrera relacionada con algo que nunca se imagino hacer, ahora sentía que estaba cumpliendo en parte el sueño del joven de las mejillas redondas.
Recogió su mochila del suelo, busco un pesado libro de Anatomía del estante, tomó las monedas que habían en el escritorio y con un suave: ¿Acompáñame? dirigido a la foto salió de su casa para dirigirse a su instituto.

El día que fui a verte al hospital, conocí a tu madre y a tu tía y ambas me dijeron que siempre me acompañarías hasta que me casara y tuviera hijos e incluso cuando estuviera vieja y ya no pudiera recordar nada, tú estarías conmigo y espero no ser pesada ni agotadora cuando converse contigo, porque aunque aquí en la tierra no fuimos los mejores amigos, te quise y te quiero hasta el infinito y el día que también deba partir de aquí quiero abrazarte hasta hacerte sonar los huesos, apretarte las mejillas y reír mucho contigo. Te extraño, enano. Te adoro, Dieguito.”
Con cariño. Alma.

No hay comentarios:

Publicar un comentario