El Sol iluminó, como cada
tarde, aquel cuarto amarillo. En una de sus paredes se veía
claramente la fotografía de un muchacho de mejillas redondas e
infladas, perfectas para apretar, ojos oscuros al igual que su
cabello y una tranquila sonrisa se dibujaba en sus labios.
En la cama de la
habitación una muchacha de cabello ondulado y negro observaba la
foto con nostalgia. No. No quería creerlo o más bien, lo creía
pero le costaba mucho asumir que era verdad. Él no podía
haberse ido de este mundo, de la tierra. Ella aún creía que lo
vería con sus audífonos blancos y su mochila al hombro caminando
por el centro o que se lo encontraría en su escuela jugando rugby
con sus compañeros o que lo saludaría y él le respondería con un
abrazo apretado y su típico y honesto “estoy bien”. Las lágrimas
calentaban sus ojos pero aún no conseguían desbordarse de ellos.
Quizás el dolor no era tanto o talvez quería cumplir la promesa de
la canción de Tercer Cielo,
aquella parte donde dice “Ya no llores
por mí. Es tan bello aquí”, pero no
pasaron muchos segundos para que rompiera a llorar en silencio para
que nadie en la casa la descubriera. Porque pasaría mucho, muchísimo
tiempo para que todos los que habían conocido al muchachito de la
fotografía asumieran totalmente que él ya no estaba en este mundo,
que él ya no estaba sufriendo los dolores que le causaba la
leucemia, que ya no estaba pidiendo diazepam para dormir ni morfina
para apagar su martirio. Porque aunque todos supieran que él estaba
en un lugar bueno, hermoso, tranquilo y bello y que no estaba
sufriendo, la tristeza que empañaba la vida de los que lo habían
conocido no se iría pronto.
La muchacha se puso
de pie, se acercó a la foto, la acarició con la yema de sus dedos y
agradeció una vez más a Dios por darle la oportunidad de despedirse
de él, de oír su voz y conversar con él
aquel Lunes 9 de Junio del 2012, mientras él estaba postrado en la
camilla de Medicina Varones y ella hincada a su lado acariciando su
frente; porque ese era uno de los recuerdos que, seguramente,
difícilmente se irían de su memoria y si ahora ella estudiaba una
carrera relacionada con algo que nunca se imagino hacer, ahora sentía
que estaba cumpliendo en parte el sueño del joven de las mejillas
redondas.
Recogió su mochila del
suelo, busco un pesado libro de Anatomía del estante, tomó las
monedas que habían en el escritorio y con un suave: ¿Acompáñame?
dirigido a la foto salió de su casa para dirigirse a su instituto.
“El
día que fui a verte al hospital, conocí a tu madre y a tu tía y
ambas me dijeron que siempre me acompañarías hasta que me casara y
tuviera hijos e incluso cuando estuviera vieja y ya no pudiera
recordar nada, tú estarías conmigo y espero no ser pesada ni
agotadora cuando converse contigo, porque aunque aquí en la tierra
no fuimos los mejores amigos, te quise y te quiero hasta el infinito
y el día que también deba partir de aquí quiero abrazarte hasta
hacerte sonar los huesos, apretarte las mejillas y reír mucho
contigo. Te extraño, enano. Te adoro, Dieguito.”
Con cariño.
Alma.

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