Me sonríes y yo
también lo hago. Caminas con el garbo que te caracteriza hasta donde
estoy sentada y te arrodillas ante mí. Miro tus manos grandes,
blancas pero partidas de frío; las tomo temblorosa, colocándolas en
medio de mi pecho. Te sonrojas y bajas la cabeza.. Porque,
aunque tenemos la misma edad, tienes aún el espíritu inocente de un
niño. No puedo soportarlo y simplemente me acomodo en tu hombro para
abrazarte. ¿Es esto un buen sentimiento?¿Realmente tendrá un
camino firme y concreto? ¿Me encanta abrazarte! Aunque debo
reconocer que me es imposible sujetarme a esa espalda tan firme y
dura que te empeñas por desarrollar cada día con lagartijas y
cicletadas. Me gusta tu calidez y esa sensación de protección que
me das cuando estás conmigo. ¿Qué sentirás por mí? Es una
pregunta tonta, ya que nunca había pensado en ti en esta forma. Tu
cara está empapada de pintura para camuflaje. No quiero imaginarme
cómo te quejaras cuando debas sacarte es oscuro color verde mezclado
con negro; no, no te rasques. Yo me encargaré de ello. Te beso la
mejilla como siempre lo he hecho y puedo leer en tus pequeños ojos
un perfecto e innecesario “Gracias”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario