Todo el que entraba ahí
concordaba que ese era el lugar perfecto para ella: una habitación amplia
incrustada en un cerro del puerto con vista al mar, paredes y techo blancos, un
espejo que cubría gran parte del muro, piso de tablas, un escritorio liso regado
de cuadernos, libretas, hojas sueltas, lápices, bolígrafos, un estante con
libros. Ese estudio sólo estaba decorado por un gran mapamundi y un cuadro
legítimo de la surcoreana Mari Kim.
Ella solía pasar ahí el día
entero por no decir toda su vida. Escribía, escribía y escribía sin parar. Sus
únicas visitas eran aquellos que ella invitaba y su cartero personal que
llevaba sus escritos a la agencia en sobre amarillos. Si no tenía inspiración,
preparaba café, tomaba té de grosellas, jugo de frambuesa o ponía la música en
su MP4 e inventaba coreografías frente al espejo, pero para ella, salir de su
estudio era un martirio.
Cuando el Sol comenzaba a
ocultarse en el horizonte y el ambiente en Valparaíso pasaba de la calma a la
bohemia, ella agarraba el bolso, tomaba sus últimos escritos dentro de una
carpeta y cerraba el estudio con llave hasta el día siguiente y partía a tomar el metro de las ocho de la noche.

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