Podía asegurar que sus brazos se habían vuelto musculosos como si levantara pesas y que podría escalar el
Himalaya sin problemas cuando llegó a la azotea de aquel colosal gigante de concreto y cristal; inspiró profundo y grito hasta sentir la garganta gastada.
Tomó asiento, agradecida de estar ahí, ya que si no fuera así, debería limitarse a escuchar una y otra vez la canción que su amigo de 34 años había compuesto para su último disco, inspirándose en ese lugar y, a decir verdad... el ritmo de aquella no calzaba para esta situación.
Buscó en su zapatilla el fajo de billetes que había separado de su último sueldo para invertirlo sin tardanza. Quiso tirarlos al viento y que este se los llevara lejos, a las manos de alguien que los necesitara... pero aquello sonaba demasiado dramático y, sea como sea, el dinero se necesitaba.
Unas lágrimas de desilusión se arrancaron entre sus pestañas, recordando las palabras que ese hombre de piel morena, abundante estómago y cabello rizado había emitido con tristeza "Lo siento. No podemos aceptarte"
Posó la sien en sus rodillas, intentando no mandar a todo el mundo a la punta del Everest, pero le fue imposible.
Desató el polerón que llevaba a la cintura para acomodarlo en sus hombros, mientras se acomodaba en la azotea del Burj Khalifa a dormir, dejando que el viento que peinaba Dubai enfriara su cerebro y Dios le susurrara en sueños el plan que tenia para ella.

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