miércoles, 18 de febrero de 2015

Eternal Love.

A cada paso que daba por esas atestadas calles de gente ruidosa y un profundo olor a tierra con desperdicios, mi corazón iba apretándose aún más dentro de mi pecho hasta dejarme casi sin respirar. Mo he soltado ni una lágrimas ero siento los ojos hinchados como los de un sapo.
Alhuien se me acerca y le sonrío; su cabello es oscuro, viste de blanco, su piel chocolatada con mejillas caramelo, pero lo que más llama mi atención son sus ojos y su sonrisa: siguen siendo honestos, sabios y amigables como la primera vez que lo vimos.
Me abraza respetuosamente, "¿Estás bien?" pregunta con un español sazonado de hindi, "Sì. Gracias. Me alegra verte". No estoy bien; para nada bien, pero verle ahí me deja más tranquila en medio del terremoto que ha sufrido mi vida.
Caminamos sin detenernos por esa nube de polvo y calor, veo el Sol morir dramáticamente en ese canal de agua contaminada y sagrada al mismo tiempo... hasta que veo a alguien mirando el paisaje a poco distancia del suelo, no por estar sentado en los ghats que llevan al río sino por su condición física que lo hace tener sus piernas tullidas, escaradas y sus manos recogidas.
Me mira, sus ojos brillan y a mi me parten el alma. Escucho en mi cabeza una voz que ya no oiré nunca más decirme "Con sólo mirarnos, nos contó toda su vida", mientras lo abrazo con cuidados él sólo rza la cabeza con mi hombro.
Durges me traduce las pàlabras de aquel muchachito. "Ha traído ofrendas para él" Efectivamente: en su regazo carga una raída bolsa con flores, velas, fruta y tiza roja. Su detalle me emociona aún mñás: en medio de su extrema pobreza, él no conoce la mezquindad.
Con ayuda de Durges, le tomamos y bajamos los ghats hasta la orilla del inmenso Ganges.
Ahora sí comienzo a tiritar; ahora los recuerdos van y vienen en mi cabeza; ahora sí puedo sentir una mano invisible agarrar la mitad de mi corazón para arrancarla con fuerza, dejándolo desmembrado, sangrado y casi agonizante.
Abro su mochila que llevo a la espalda, sacando un ánfora de aluminio sin sellar; la abrazo. Podría jurar que siento sus fornidos brazos ardientes y su hombro bronceado en mi mejilla.

-Quiero ser cremado... una parte contigo y otra en el Ganges. Preciosa, por favor... Quiero conocer a esos hombres santos, hablar con ellos, conocer a Ganga y luego subir al cielo. Los indios nos trataron muy bien. Por favor... por favor.-

Yo jué no volver nunca a la India sin él, pero estoy segura que deseaba que yo continuara el viaje de la vida dentro de otras culturas y dentro de otra gente tal como lo hicimos cuando él esta aquí.
Conmigo.
Mis pies sienten la tibieza del agua, un suave viento sopla llevándose al otro extremo del canal las cenizas de mi amado, la tradición dice que no se debe llorar pero yo he no he podido completar esa parte del rito.
Entre le Ganges y mis ojos no hay mucha diferencia: los tres hacen correr agua desmedidamente. Es ahora que palpo la soledad, el abandono, esa sensación de estar huérfana.
Eso de estar sola.
Los jóvenes que me acompañan encienden velas dentro de los platillos de madera y las depositan sobre el agua junto a las flores, que se alejan hacia donde volaron las cenizas.
Yo me arrodillo con ojos cerrados frente al río. Mi piel lo siente aún aquí, a mi lado, tomándome la mano, invitándome a "purificar nuestro amor con esta putrefacta agua celestial".
Ese amor incondicional que yo le profesaré sólo a él por el resto de mis días.


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