miércoles, 28 de enero de 2015

Invaluable.

Podía recordar la mirada y las palabras arrogantes que había utilizado su padre para dirigirse a él. Y eso a ella no le gustaba. En absoluto.
Talvez él no era un gran profesional como el yerno de de su segunda hija o no compartieran los mismos gustos como en el caso del esposo de su hija mayor.
È era diferente. Diferente a lo que  su padre, muy en el fondo, le hubiese gustado o con lo que se hubiese sentido más cómodo.
A ella le gustaba la simpleza de él; su sonrisa, sus dedos tocando las teclas del acordeón bajo un puente maloliente, la 0 formalidad con la que se presentaba cada Domingo en la iglesia, la facilidad con la que hacía amistades en la calle, sus camisas hawaiianas, la crianza de calle andando en bicicleta y rompiéndose los huesos en una caída riesgosa,  su infinidad de rizos convertidos en rastas, como ignoraba a clase social de su propia familia, su buen gusto por la música...
Eso era lo que la había encantado de él.
Su interior que seguramente matizaba entre el color oro con diamante. Ese interior invaluable era en lo que ella se había fijado; lo que hacía que su sonrisa apareciera en los momentos menos esperados.


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